20 cortos sin boquilla

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Lesbofobia

Poseído por un espejismo global y tal vez pasajero el hombre vociferaba en la red yo haré fotos con mi cámara. Unos días tan señalados y por un motivo social, no como otros que no se pringan.

Mientras leía sus mayúsculas ensartadas por un filo, pensé en Kafka y me encerré en la habitación. A mí me gusta hacer fotos de las paredes desde hace exactamente  diez años. Parece que fue ayer, pero ha corrido tiempo.

Se las dedico siempre a quienes me quitaron el sueño y el pan mientras colaboraban con una ONG por no sé qué derechos.

Decían que yo era muy rara, que no me pintaba, que nunca hablaba de mi familia. Que nunca contaba lo que había visto en la televisión argumentaron un día. Me quedé estupefacta.

Cinco kilómetros anduve desde la fábrica hasta mi casa. Aquellos días habían puesto algo en el campo para ahuyentar a los reptiles. Hice un camino muy rítmico entre grititos y saltos de un extremo a otro del trayecto.

El mecánico me comentó al ver la moto que le habían clavado una puntilla grande en el neumático. Pensé que nunca volvería a ese trabajo. No volví. Pero hace diez años que no salgo de esta habitación. Ni siquiera para hacer una fotografía.

2

Estenopo

Hoy he visto la verdad, la verdad agazapada tras el muro de actitudes convenientes en esta sala en la que personas enfermas estamos organizadas por filas y columnas -cada una en su sillón- con una o dos perchas conectadas a los brazos por los que corre el preparado químico infernal, la bomba matabicho corriendo vena a vena; mixtura párvula a pesar de años de estudio, ensayos y estadísticas.

Una autopista de fuego, órganos internos demandando hidratación.

Abro los ojos, la cabeza inmóvil, frente a mí otra mirada: yo también quiero gritar. Si pudiera gritaría para expulsar el miedo a que todo sea en vano después de todo, miedo a ese día malo que tiene a veces la persona que hurga en mis venas para abrir la puerta al preparado, a no poder levantarme justo ahora y marcharme de aquí.

Los ojos de mi madre son dos lámparas fijas alumbrando mi humana presencia en un festival de ternura: que no me lo corten, por mucha gangrena, este dedo único… y yo lo veo todo desde aquí; con los ojos cerrados, bien cerrados, los párpados tensos como tapa de caja preservando la luz.

3

Lagarto, lagarto…

Mariano Piñero, nuevo jefe de administración, acaba de incorporarse a su puesto. Para el tiempo que aparenta llevar administrando y teniendo en cuenta que en la privada suenan los tambores, se expresa bien, hasta parece tener algo de cultura y, sobre todo, se mueve despacio. Sin estridencias.

El viaje ha sido largo y en autobús. Temeroso de todo cuanto discurre entre el cielo y la tierra, prefiere confiar su vida a cualquier línea regular antes que a la pericia de su mujer al volante. Así puede leer el periódico y, de paso, utilizar los servicios públicos para que lo vea alguno del sindicato.

Administrar es siempre lo mismo con independencia de los matices, pero acaban de integrar un sistema informático nuevo. Nuevo en esta planta e importado de la central de Madrid, donde todo el mundo ya lo maneja con mayor o menor soltura.

A partir de septiembre sólo se podrá facturar conociendo las artes del nuevo ingenio. Por eso creo que han traído a Mariano al Sur, para que ponga en marcha todo el funcionamiento administrativo con su magnífica mano izquierda, aunque a mi me resulte de lo más ambidiestro.

Precisamente esa versatilidad es lo que más me confunde de Piñero.

Mientras hablaba esta mañana con los de la subcontrata su padre había trabajado en correos; pero esta tarde le comentaba a su superior inmediato cómo había ascendido rodeado de indios. Sobre él mismo, de su trabajo, bien poco ha dicho por el momento.

A la salida de la oficina se ha permitido el lujo de confraternizar conmigo. De sus palabras deduzco que se mantiene como un flotador por encima de las aguas y que, allá en el fondo, yacen montones de personas que fueron sus peldaños para llegar hasta este Sur del que aborrece todo menos sus bonitos trajes regionales.

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