Con vistas a la ría

Desde que nos mudamos a este apartamento no hubo un solo día sin cemento y palustre. Primero fue el edificio del extremo derecho; imponente, casi a punto de precipitarse en cualquier momento. Me causaba tanta desconfianza que acabé por salir sin mirar a mi derecha para olvidarme de su falta de mesura.

Al año nos comentaron que en su día se había desmoronado sobre nuestro patio, pero no nos habían dicho nada para evitar la marcha en estampida.

Casi de inmediato -para no dar tiempo a la credulidad- empezaron a llegar ruidos familiares del otro extremo. Toda celeridad viene marcada por un empuje y ante nuestros ojos comenzaba a crecer, no sin estruendo, un bloque de nuevos apartamentos donde antes se veía un fragmento de ría envenenada.

Estas tardes de verano un poco húmedas ya no se ven acosadas por la crisis expansiva. A cambio de oleadas de tabiques y destrozos irreversibles en el inmueble, gozamos de un pleno olor a mar aceitoso en primera línea de pituitaria.

Al fin y al cabo la nariz siempre ve más lejos.

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