Swing

Tal vez no fuera necesario

que en mitad de una noche

te asomaras a este abismo

de mis ojos,

o que yo (dejando a un lado esta especie de nerviosismo

histérico y pueril) indagara

sobre el vuelo de tus manos.

Después… nada condenatorio…

un beso, una mueca, una caricia.

Y, a lo sumo, perderse en el viaje insalvable,

apenas cronológico

de mirar y mirarte en el rellano;

en la puerta

lejos.

Otra vez reunidas.

Tal cual

Tú y yo hacemos oídos sordos mientras nos disfrutamos esta cerveza bien fría esta tarde de verano. La ciudad casi vacía y un grupo de amigos se divierte en la mesa contigua.

Con aspecto de simio un no tan joven hijo de alguien dirige el asunto en el grupo; risas y rechuflas: se nota que tú y yo nos queremos. El simio alza la voz con megafonía homófoba: cuando yo sea juez -y esta vez paso el examen- este tipo de aberración -dirigiendo su mirada hacia nosotras- no la pasaré por alto.

Nos levantamos y nos vamos. La evolución queda lejos.

Tropo

Yo no quiero ni mirarte

ahí clavada,

en el centro,

desde hace tanto tiempo

y viéndonos venir.

Cambiando de ropaje,

de inquilinos,

vistiéndote de historias

ceñidas en el pecho.

¿Qué no habrán visto tus rampas

subiendo al campanario

que tu voz no murmure

-toda veleta-

a los cuatro vientos?

Con vistas a la ría

Desde que nos mudamos a este apartamento no hubo un solo día sin cemento y palustre. Primero fue el edificio del extremo derecho; imponente, casi a punto de precipitarse en cualquier momento. Me causaba tanta desconfianza que acabé por salir sin mirar a mi derecha para olvidarme de su falta de mesura.

Al año nos comentaron que en su día se había desmoronado sobre nuestro patio, pero no nos habían dicho nada para evitar la marcha en estampida.

Casi de inmediato -para no dar tiempo a la credulidad- empezaron a llegar ruidos familiares del otro extremo. Toda celeridad viene marcada por un empuje y ante nuestros ojos comenzaba a crecer, no sin estruendo, un bloque de nuevos apartamentos donde antes se veía un fragmento de ría envenenada.

Estas tardes de verano un poco húmedas ya no se ven acosadas por la crisis expansiva. A cambio de oleadas de tabiques y destrozos irreversibles en el inmueble, gozamos de un pleno olor a mar aceitoso en primera línea de pituitaria.

Al fin y al cabo la nariz siempre ve más lejos.

Quimera de Notre Dame

Inmóvil, la luz de frente mostrándome la sombra.
Al norte, al sur,
cambiante con las horas
mi sombra palidece.
Gárgolas y arbotantes,
puntos de apoyo y guardianes prisioneros
por los que el agua fluye y el sol
se pierde.
Estaciones
¿cuatro?
Quizá.
Tanto y tanto alrededor, que no veis,
y sólo puedo pensar,
contentarme con el crepúsculo,
despertar,
que tocan a maitines.
En mi sueño desplazo esta mano
que soporta mi rostro.
He aquí mi fealdad estática,
la que en verdad os espanta a todos,
he aquí la belleza móvil de mi quimera,
la que me eleva por encima de vosotros.