Tropo

Yo no quiero ni mirarte

ahí clavada,

en el centro,

desde hace tanto tiempo

y viéndonos venir.

Cambiando de ropaje,

de inquilinos,

vistiéndote de historias

ceñidas en el pecho.

¿Qué no habrán visto tus rampas

subiendo al campanario

que tu voz no murmure

-toda veleta-

a los cuatro vientos?

Con vistas a la ría

Desde que nos mudamos a este apartamento no hubo un solo día sin cemento y palustre. Primero fue el edificio del extremo derecho; imponente, casi a punto de precipitarse en cualquier momento. Me causaba tanta desconfianza que acabé por salir sin mirar a mi derecha para olvidarme de su falta de mesura.

Al año nos comentaron que en su día se había desmoronado sobre nuestro patio, pero no nos habían dicho nada para evitar la marcha en estampida.

Casi de inmediato -para no dar tiempo a la credulidad- empezaron a llegar ruidos familiares del otro extremo. Toda celeridad viene marcada por un empuje y ante nuestros ojos comenzaba a crecer, no sin estruendo, un bloque de nuevos apartamentos donde antes se veía un fragmento de ría envenenada.

Estas tardes de verano un poco húmedas ya no se ven acosadas por la crisis expansiva. A cambio de oleadas de tabiques y destrozos irreversibles en el inmueble, gozamos de un pleno olor a mar aceitoso en primera línea de pituitaria.

Al fin y al cabo la nariz siempre ve más lejos.

Quimera de Notre Dame

Inmóvil, la luz de frente mostrándome la sombra.
Al norte, al sur,
cambiante con las horas
mi sombra palidece.
Gárgolas y arbotantes,
puntos de apoyo y guardianes prisioneros
por los que el agua fluye y el sol
se pierde.
Estaciones
¿cuatro?
Quizá.
Tanto y tanto alrededor, que no veis,
y sólo puedo pensar,
contentarme con el crepúsculo,
despertar,
que tocan a maitines.
En mi sueño desplazo esta mano
que soporta mi rostro.
He aquí mi fealdad estática,
la que en verdad os espanta a todos,
he aquí la belleza móvil de mi quimera,
la que me eleva por encima de vosotros.