Fin de año

Ocurre que cada vez que me quedo a solas conmigo misma yo me desencadeno, me ofusco y me viajo. Después me monto en un adjetivo -los hay de sobra- y no puedo evitar sentirme como el punto que le falta a la interrogante de cierre.

De cada mancha que me ha ido arrojando el mundo a los ojos voy separando capas y, cuando llega el treinta y uno, el año tiene todo el aspecto de una cebolla diseccionada no apta para la mesa.

Pronóstico

Si me vuelves a robar un verso, te mataré. Se lo dijo con la mirada porque las palabras se las lleva el viento. Si me vuelves a calumniar sólo porque no nací en tu tierra, te mataré. Se lo dijo alejándose todo lo posible, porque los animales maltratados suelen medir el terreno antes de entrar a la lucha.

Y así siguió enumerando episodio tras episodio, tomando notas, rescatando daños, abriendo brechas…

Fue un largo viaje en una noche; todas las noches en un trago.

Más que pronósticos eran profecías porque el tiempo no lo cura todo.

Sentada con mi sombra

Qué difícil resulta,

qué trabajo me cuesta así dejarte

como al aire de lo que no buscas

sino a retazos de vacío.

 

Concederte el tiempo del que no dispongo,

hacer de mis ideas burdel para tu pecho,

no me deja sino auroras de una nueva nostalgia.

 

Sentada con mi sombra,

las manos sobre el rostro,

una taza de sueño pediría.

Primavera

Aunque aún no sabríamos decirlo, ni siquiera pensarlo con claridad, debió ser aquella última noche de primavera cuando algo puso fin a la vida estática de las plantas. Desde entonces cada invierno desaparecen como por arte de magia antes de la caída fatal de la temperatura durante las horas más oscuras de la noche.

La rueda

Cuando me preguntaron si podían grabar mi imagen durante la entrevista de trabajo me chirriaron los dientes, pero me educaron bien y pude mantener la compostura. Lo que me extrañó fue ver frente a mí doce pares de ojos para un sencillo trabajo como auxiliar externo en una obra para la Diputación. Por más que lo intento no puedo olvidar la cara de cada uno de ellos, tampoco el cinismo.

Sinenomine

Pues si es cierto que el tiempo

lo desvela todo y rige la verdad,

ese cruel hacedor de promesas y desengaños,

bien pudiera sentarme aquí un momento

y acaso divagar un rato;

apostar, de la clepsidra, por la sutil medida

sin esperar destino.

Y -cicuta aparte- gozar de ese momento

tal vez amargo y rojo,

tal vez hermoso y mío.

Amor rodante

Como el caracol,

amor rodante de pulso a pulso.

Barcarola de espuma

no estés triste.

De arriba al centro

de abajo al surco,

ya sabes:

como el caracol

esperando dentro a que salga

el Sol,

barcarola de espuma rodando el río.

Entre cuatro paredes con tu pecho

mira,

soy yo.

He venido para estar

y ya sabes,

barcarola de espuma rodando el río,

amor rodante de paso a pulso.

Do you Want to Know a Secret?

No sé si lo recuerdas…

entró como una furia

la cabeza bien alta

y su abrigo de Fedra

impregnándolo todo.

Era una mañana cálida,

el horizonte rosado

y la torre -a lo lejos-

observaba la escena.

La duda

Estoy varada en esta costa de tu ausencia

agotada por el largo pasaje

y sin saber -ahora lo dudo-

si mereció la pena viajar noche y día

para llegar a dónde.

Ahora que ni siquiera distingo

sed de realidad

me inclino sobre ti en sueños

con los ojos vacíos

y te pregunto

si no vendrás para quedarte

con cualquier pretexto.

In anima vili

Cansado estoy de arrepentirme

pues la vista que contemplo

hace tiempo parece detenida

en su continuo devenir

de pobreza y servidumbre.

Absorta en una elipsis

la luminaria ciencia

recita con el vientre

su incontenible deseo

de ángel en cuclillas.

En la naturaleza

dos caras son de la misma moneda

correr del tiempo y sabiduría.

En la naturaleza.

Lúgubre es la tea que por vosotros prendí un día

y por ello cándido y no Prometeo me siento;

portador de cadenas

que no merma la herrumbre

ni el paso del tiempo

-contra el que a ciegas lucháis- debilita

aun siendo más livianas que esas vuestras

conquistadas a golpe de soberbia sin lumbre.

… haberme jugado la muerte por vosotros…

no la efímera vida

con su legión de claraboyas distantes,

la delicada muerte.

Acaso llegará la hora

en que la tierra

al fin

dé vueltas con el sol

montada en su carro.

Las mujeres,

que parieron millones de hijos,

celebrarán a Copérnico

en su útero celeste.

Diverso y lúbrico

el universo no deja de morir.

Ya todo está

en la penumbra

sin descanso.

Tempus fugit

Había cumplido ya los sesenta

sintió por segunda vez la orfandad.

Le dejaron dos millones

era cuanto tenían.

Se lo dieron todo.

Pidió al banco un millón hipotecando la casa

y con los tres construyó una plaza de garaje.

La vendió por cinco.

Hoy vive en un nicho soleado

con vistas a los chopos.

Rodeada de los suyos.

… Así es el tiempo,

cadencia de una nube.

Diapasón

Qué mentira más grande ya desde la mañana.

Silencio abrupto se derrama sobre alforjas bien repletas que huyen

sin impuestos.

Hurtos, vandálicos golpes de pecho.

Dos posturas maniqueas y un amigo podrido cruzan la calle

sin reloj.

No hay prisa.

Hoy me va bene.

Te digo sin desplantes que ya no te creo.

Qué mañana más cálida.

Ojos abiertos.

Diecinueve de septiembre

Revuélcate por este instante

que tanto te pertenece.

Deja que el vello de tu cuerpo se temple

bajo el hermoso lomo arqueado de la bestia.

Complácete.

Mezcla la suma brevedad de la vida

con el eterno esplendor de la milésima.

Orgiástica

Danzar

alrededor del fuego

crepitando de miedo y dicha.

Danzar

como aquellas muchachas de la isla

que sus cuerpos ofrecieran a la noche

al son de bailes antiguos.

Danzar

con el pelo revuelto

enredada en las piernas la muerte.

Confidencias (para esos acosadores desde la infancia)

A Julio le ha salido un amigo comentarista a sus espaldas, pero no se siente herido ni abandonado. Me ha servido un té frío con limón mientras me explicaba la escena de la evidencia en aquel bar abarrotado minutos antes de la proyección. Ríe y se abandona a su alegría pintada de entusiasmo.

No hay mal que por bien no venga, dice, con la mirada serena. En quince días ha recuperado la tierra bajo los pies y remueve el café con una cucharilla regalo de Lucas, que por fin ha dado señales después de años.

La vida es como un golpe de mar que trae cosas y se las lleva violentamente. La estrella le sonríe.

Cortocircuito

El atardecer y un súbito apagón eléctrico en la casa; juegos de mesa desparramados -varios y extravagantes-, la música se ha ido con las últimas notas de Una noche de amor desesperada.

Carmen, bajo la luciérnaga encendida en forma de vela, intenta una aproximación al lenguaje de andar por casa con el pretexto de aclarar, a los ojos de mi madre, una cuestión de derecho que nos atañe a todos.

Ahí afuera el trasiego nocturno con voces de feria; el pueblo se festeja con todas sus luces.

Hasta nosotros llega otra oscuridad que con tintes decimonónicos llama a la puerta.

¿Por qué tanta amargura? No sabemos cómo ayudarla porque miente su pena, oculta la verdad y en los brazos, su niño.

No es posible tanto abandono, incomunicación… que entre personas que se quieren encuentre la crueldad un nido.

Intentamos distraer su dolor, pero no es posible. Las palabras no llegan a quien no se pronuncia y, el gesto, tan confundido de todos nosotros inventa un nuevo lenguaje para decir lo que no se expresa.

Swing

Tal vez no fuera necesario

que en mitad de una noche

te asomaras a este abismo

de mis ojos,

o que yo (dejando a un lado esta especie de nerviosismo

histérico y pueril) indagara

sobre el vuelo de tus manos.

Después… nada condenatorio…

un beso, una mueca, una caricia.

Y, a lo sumo, perderse en el viaje insalvable,

apenas cronológico

de mirar y mirarte en el rellano;

en la puerta

lejos.

Otra vez reunidas.

Tal cual

Tú y yo hacemos oídos sordos mientras nos disfrutamos esta cerveza bien fría esta tarde de verano. La ciudad casi vacía y un grupo de amigos se divierte en la mesa contigua.

Con aspecto de simio un no tan joven hijo de alguien dirige el asunto en el grupo; risas y rechuflas: se nota que tú y yo nos queremos. El simio alza la voz con megafonía homófoba: cuando yo sea juez -y esta vez paso el examen- este tipo de aberración -dirigiendo su mirada hacia nosotras- no la pasaré por alto.

Nos levantamos y nos vamos. La evolución queda lejos.

Tropo

Yo no quiero ni mirarte

ahí clavada,

en el centro,

desde hace tanto tiempo

y viéndonos venir.

Cambiando de ropaje,

de inquilinos,

vistiéndote de historias

ceñidas en el pecho.

¿Qué no habrán visto tus rampas

subiendo al campanario

que tu voz no murmure

-toda veleta-

a los cuatro vientos?

Con vistas a la ría

Desde que nos mudamos a este apartamento no hubo un solo día sin cemento y palustre. Primero fue el edificio del extremo derecho; imponente, casi a punto de precipitarse en cualquier momento. Me causaba tanta desconfianza que acabé por salir sin mirar a mi derecha para olvidarme de su falta de mesura.

Al año nos comentaron que en su día se había desmoronado sobre nuestro patio, pero no nos habían dicho nada para evitar la marcha en estampida.

Casi de inmediato -para no dar tiempo a la credulidad- empezaron a llegar ruidos familiares del otro extremo. Toda celeridad viene marcada por un empuje y ante nuestros ojos comenzaba a crecer, no sin estruendo, un bloque de nuevos apartamentos donde antes se veía un fragmento de ría envenenada.

Estas tardes de verano un poco húmedas ya no se ven acosadas por la crisis expansiva. A cambio de oleadas de tabiques y destrozos irreversibles en el inmueble, gozamos de un pleno olor a mar aceitoso en primera línea de pituitaria.

Al fin y al cabo la nariz siempre ve más lejos.

Quimera de Notre Dame

Inmóvil, la luz de frente mostrándome la sombra.
Al norte, al sur,
cambiante con las horas
mi sombra palidece.
Gárgolas y arbotantes,
puntos de apoyo y guardianes prisioneros
por los que el agua fluye y el sol
se pierde.
Estaciones
¿cuatro?
Quizá.
Tanto y tanto alrededor, que no veis,
y sólo puedo pensar,
contentarme con el crepúsculo,
despertar,
que tocan a maitines.
En mi sueño desplazo esta mano
que soporta mi rostro.
He aquí mi fealdad estática,
la que en verdad os espanta a todos,
he aquí la belleza móvil de mi quimera,
la que me eleva por encima de vosotros.

Otra mujer

Esta noche me sirvo una taza de té, no hay a la vista ningún escaparate ni soy capaz de verte mirando en el espejo. Parece que tras décadas de tempestad en las sienes de repente alguna calma despistada se hubiera instalado en mi interior declarándote ausente.

Voy a disfrutar de este té. Sorbo a sorbo me voy recreando en la conciencia de saberme libre después de años. Tal vez mañana regresarás vestida de recuerdo. Hoy es hoy.

Penetrar en el reino del sueño sin el sonido de tu nostalgia me hace sentir otra mujer, una que se ocultaba o no existía. La mujer que no te piensa.

Privado

Frente a mi puerta, que es una ventana, todos los temores se detienen. Vivo en medio del abismo cubierta por mis ojos. Traicionados por las enredaderas los sueños se destejen, la mar se queja y amotina bajo el viento envenenado.
Dentro, en la burbuja, por debajo del ombligo se sigue reinando por más que se quisiera la república.

Es primavera

Biarritz a media sombra

Cruzó la calle a saltitos,

con los ojos abiertos a media sombra.

Cruzó la calle a lomos de la brisa,

con aquella delgadez de sombra y gorriones.

Cruzó la calle a ras de parachoques,

con la boca entreabierta y rumor de comisuras.

Cruzó la calle lentamente,

con los hombros despegando a mirar horizontes.

Cruzó la calle con mis ojos.

Yo ayudé con mis párpados.

San Gimignano

Esta luz de retirada,

toque de la calle que estrecha,

y las nubes

acaso no prometan sino otra eternidad

o la clara evocación del sortilegio:

tu mirada.

Pues la belleza aquí quedó detenida;

sólo te resta girar sobre tus pies

avanzar,

mirar de soslayo el crepúsculo

y entregarte un instante a la dicha.

Viaje español

Ulises Camionero fue niño un día y se le descarnaron los muslos por los tejados en busca de un poco de plomo que vender en el mercado del hambre. Había sido también intrépido ingeniero de radios de galena y rastreó el horizonte sin zapatos, como improvisado domador de la onda pirenaica, tanteando la distancia entre cerros y ribera en una Camas abisal allá por el treinta y tantos.

Entonces los grandes almacenes no existían y las primaveras se promocionaban solas. No había nada que vender, tampoco disentir era posible.

Como las plantas que reciben poca luz, Ulises se acostumbró a mirar por encima de las circunstancias para no padecer la ceguera propia de quienes se habitúan a los espacios pequeños y cerrados independientemente de las hectáreas. El viaje, pensó, consiste en mejorar y –como quien busca la fortuna- buscó el conocimiento a través de los libros y el diálogo mientras trabajaba a destajo para sobrevivir con los suyos.

Más tarde descubrió que el trabajo en determinadas condiciones no ennoblece a nadie, ya que en ese caso la pirámide social tendría el aspecto de un trompo, de modo que se asoció con otros cuando la reunión de tres individuos se consideraba una manifestación violenta sin necesidad de pancartas.

Ha pasado el tiempo (la vida vuela más que corre) y esta primavera, Ulises, como otros tantos que a pesar de sus propias circunstancias lucharon por esta democracia, tan sólo se pregunta si ahora que es el momento se avanzará un poco más, si desde el Parlamento el pluralismo se hará dueño de la vida diaria para expresarse en libertad, mostrando matices. Quiere ver para creerlo, porque después de todo sigue sabiendo una misma cosa: el viaje consiste en mejorar.

Cuestión de amor

La idea era salir con el sol, antes de que cualquiera pudiera ver que se marchaba. Cogió una muda y el poco dinero que le quedaba. Era martes y hacía frío.

Al bajar los peldaños de la entrada se cruzó con el hombre del tercer piso. El sibarita, que era como lo habían llamado Irene y ella durante los años de convivencia en el apartamento, llevaba restos de grasa en las mangas de la cazadora y la cara encogida por la helada.

¡Buenos días! -dijo- sin mirarla a la cara más de un segundo. No parecía que se hubiera fijado en la pequeña maleta.

A la vuelta de la esquina vió cómo el autobús se le escapaba y se sentó en el apeadero. Pronto estaría en el bosque.

A Irene la dieron por perdida hacía dos años y hacía más de uno que ella no había vuelto a pasar por la cabaña. La habían comprado a un viejo amigo casi al inicio de su relación. Un buen lugar para estar solas -decía Irene- un espacio donde respirar y olvidarse de todo.

Mientras esperaba junto a la máquina de café no pudo evitar una sonrisa; a pesar de la grasa de las mangas el sibarita seguía llevando los zapatos mejor lustrados del mundo…

Un cuarto de hora más tarde subía al autobús ya con el sol bien despuntado. Estaba contenta. En el bosque viviré con tu ausencia, Irene.

Insomnes

Tal vez el silencio alrededor es tan grande,
aun a sabiendas del estruendo solapado que lo produce,
que metida yo en la tinaja y tú en el libro
la trinchera se haya hecho palpable
una vez burlado el crepúsculo.

Te he sentado a mi lado con un vaso de diálogo sin voces.
Bebemos despacio.
Amanece.

Metamorfosis (Homenaje a un viejo amigo)

En los agujeros habitan manos que dan palmaditas en el hombro y espaldas gigantescas buscando tu retina. Hay también ausencias repentinas y lenguas anónimas de rostros conocidos que, al calor de lo cóncavo, soplan sus historias a la rueda de ese azar que comprendes no existe.

¿Cómo lo ves?

Tal y como yo lo veo, Tucre, vuelves a hacer lo mismo que hace algunos años y aunque hay quien dice que las personas no cambian, yo siempre preferí  dejar ese margen esperanzador que nos permite toda la flexibilidad. Ahora me rindo, sin embargo, ante la locuaz evidencia, pero ya no sufro… porque de verdad que no es asunto mío.
¿Te has fijado en cómo se repite todo, en lo parecidas que son a menudo las situaciones, las cosas? A mí me maravilla este patrón siempre presente, también me relaja; lo fijo permite poca evolución y la vida, como la lengua, es un animal cambiante.
Reconocerlo, asimilarlo y aceptarlo me ha servido tanto como estudiar perspectiva y dibujo.

Y tú… ¿cómo lo ves?

La mirada de Joaquín

Múltiples cabezas sin rostro almacenaban la información inexacta. El primero en la fila, sin una imagen cabal como referencia, dictaba al viento una sucesión de espaldarazos en caída libre que nosotros combatimos -desde el principio- ignorándolos.