La rueda

Cuando me preguntaron si podían grabar mi imagen durante la entrevista de trabajo me chirriaron los dientes, pero me educaron bien y pude mantener la compostura. Lo que me extrañó fue ver frente a mí doce pares de ojos para un sencillo trabajo como auxiliar externo en una obra para la Diputación. Por más que lo intento no puedo olvidar la cara de cada uno de ellos, tampoco el cinismo.

Confidencias (para esos acosadores desde la infancia)

A Julio le ha salido un amigo comentarista a sus espaldas, pero no se siente herido ni abandonado. Me ha servido un té frío con limón mientras me explicaba la escena de la evidencia en aquel bar abarrotado minutos antes de la proyección. Ríe y se abandona a su alegría pintada de entusiasmo.

No hay mal que por bien no venga, dice, con la mirada serena. En quince días ha recuperado la tierra bajo los pies y remueve el café con una cucharilla regalo de Lucas, que por fin ha dado señales después de años.

La vida es como un golpe de mar que trae cosas y se las lleva violentamente. La estrella le sonríe.

Con vistas a la ría

Desde que nos mudamos a este apartamento no hubo un solo día sin cemento y palustre. Primero fue el edificio del extremo derecho; imponente, casi a punto de precipitarse en cualquier momento. Me causaba tanta desconfianza que acabé por salir sin mirar a mi derecha para olvidarme de su falta de mesura.

Al año nos comentaron que en su día se había desmoronado sobre nuestro patio, pero no nos habían dicho nada para evitar la marcha en estampida.

Casi de inmediato -para no dar tiempo a la credulidad- empezaron a llegar ruidos familiares del otro extremo. Toda celeridad viene marcada por un empuje y ante nuestros ojos comenzaba a crecer, no sin estruendo, un bloque de nuevos apartamentos donde antes se veía un fragmento de ría envenenada.

Estas tardes de verano un poco húmedas ya no se ven acosadas por la crisis expansiva. A cambio de oleadas de tabiques y destrozos irreversibles en el inmueble, gozamos de un pleno olor a mar aceitoso en primera línea de pituitaria.

Al fin y al cabo la nariz siempre ve más lejos.

Otra mujer

Esta noche me sirvo una taza de té, no hay a la vista ningún escaparate ni soy capaz de verte mirando en el espejo. Parece que tras décadas de tempestad en las sienes de repente alguna calma despistada se hubiera instalado en mi interior declarándote ausente.

Voy a disfrutar de este té. Sorbo a sorbo me voy recreando en la conciencia de saberme libre después de años. Tal vez mañana regresarás vestida de recuerdo. Hoy es hoy.

Penetrar en el reino del sueño sin el sonido de tu nostalgia me hace sentir otra mujer, una que se ocultaba o no existía. La mujer que no te piensa.

Viaje español

Ulises Camionero fue niño un día y se le descarnaron los muslos por los tejados en busca de un poco de plomo que vender en el mercado del hambre. Había sido también intrépido ingeniero de radios de galena y rastreó el horizonte sin zapatos, como improvisado domador de la onda pirenaica, tanteando la distancia entre cerros y ribera en una Camas abisal allá por el treinta y tantos.

Entonces los grandes almacenes no existían y las primaveras se promocionaban solas. No había nada que vender, tampoco disentir era posible.

Como las plantas que reciben poca luz, Ulises se acostumbró a mirar por encima de las circunstancias para no padecer la ceguera propia de quienes se habitúan a los espacios pequeños y cerrados independientemente de las hectáreas. El viaje, pensó, consiste en mejorar y –como quien busca la fortuna- buscó el conocimiento a través de los libros y el diálogo mientras trabajaba a destajo para sobrevivir con los suyos.

Más tarde descubrió que el trabajo en determinadas condiciones no ennoblece a nadie, ya que en ese caso la pirámide social tendría el aspecto de un trompo, de modo que se asoció con otros cuando la reunión de tres individuos se consideraba una manifestación violenta sin necesidad de pancartas.

Ha pasado el tiempo (la vida vuela más que corre) y esta primavera, Ulises, como otros tantos que a pesar de sus propias circunstancias lucharon por esta democracia, tan sólo se pregunta si ahora que es el momento se avanzará un poco más, si desde el Parlamento el pluralismo se hará dueño de la vida diaria para expresarse en libertad, mostrando matices. Quiere ver para creerlo, porque después de todo sigue sabiendo una misma cosa: el viaje consiste en mejorar.

Cuestión de amor

La idea era salir con el sol, antes de que cualquiera pudiera ver que se marchaba. Cogió una muda y el poco dinero que le quedaba. Era martes y hacía frío.

Al bajar los peldaños de la entrada se cruzó con el hombre del tercer piso. El sibarita, que era como lo habían llamado Irene y ella durante los años de convivencia en el apartamento, llevaba restos de grasa en las mangas de la cazadora y la cara encogida por la helada.

¡Buenos días! -dijo- sin mirarla a la cara más de un segundo. No parecía que se hubiera fijado en la pequeña maleta.

A la vuelta de la esquina vió cómo el autobús se le escapaba y se sentó en el apeadero. Pronto estaría en el bosque.

A Irene la dieron por perdida hacía dos años y hacía más de uno que ella no había vuelto a pasar por la cabaña. La habían comprado a un viejo amigo casi al inicio de su relación. Un buen lugar para estar solas -decía Irene- un espacio donde respirar y olvidarse de todo.

Mientras esperaba junto a la máquina de café no pudo evitar una sonrisa; a pesar de la grasa de las mangas el sibarita seguía llevando los zapatos mejor lustrados del mundo…

Un cuarto de hora más tarde subía al autobús ya con el sol bien despuntado. Estaba contenta. En el bosque viviré con tu ausencia, Irene.

La mirada de Joaquín

Múltiples cabezas sin rostro almacenaban la información inexacta. El primero en la fila, sin una imagen cabal como referencia, dictaba al viento una sucesión de espaldarazos en caída libre que nosotros combatimos -desde el principio- ignorándolos.