Cortocircuito

El atardecer y un súbito apagón eléctrico en la casa; juegos de mesa desparramados -varios y extravagantes-, la música se ha ido con las últimas notas de Una noche de amor desesperada.

Carmen, bajo la luciérnaga encendida en forma de vela, intenta una aproximación al lenguaje de andar por casa con el pretexto de aclarar, a los ojos de mi madre, una cuestión de derecho que nos atañe a todos.

Ahí afuera el trasiego nocturno con voces de feria; el pueblo se festeja con todas sus luces.

Hasta nosotros llega otra oscuridad que con tintes decimonónicos llama a la puerta.

¿Por qué tanta amargura? No sabemos cómo ayudarla porque miente su pena, oculta la verdad y en los brazos, su niño.

No es posible tanto abandono, incomunicación… que entre personas que se quieren encuentre la crueldad un nido.

Intentamos distraer su dolor, pero no es posible. Las palabras no llegan a quien no se pronuncia y, el gesto, tan confundido de todos nosotros inventa un nuevo lenguaje para decir lo que no se expresa.

Swing

Tal vez no fuera necesario

que en mitad de una noche

te asomaras a este abismo

de mis ojos,

o que yo (dejando a un lado esta especie de nerviosismo

histérico y pueril) indagara

sobre el vuelo de tus manos.

Después… nada condenatorio…

un beso, una mueca, una caricia.

Y, a lo sumo, perderse en el viaje insalvable,

apenas cronológico

de mirar y mirarte en el rellano;

en la puerta

lejos.

Otra vez reunidas.

Privado

Frente a mi puerta, que es una ventana, todos los temores se detienen. Vivo en medio del abismo cubierta por mis ojos. Traicionados por las enredaderas los sueños se destejen, la mar se queja y amotina bajo el viento envenenado.
Dentro, en la burbuja, por debajo del ombligo se sigue reinando por más que se quisiera la república.

Es primavera