Hipervínculo

A Jim le sobra la caja que ha transportado durante años de un lado a otro del mundo, continente tras continente, sumándose al ritmo e incluso inventándolo. Juan ya no se pregunta por la poderosa presencia de Marta. Pepe se fue y queda Ismael, tranquilo como siempre, pegado al teclado que compartieron ambos bolo tras bolo. Yo estoy aquí, con Serena, reordenando notas de un tiempo e ilusionadas con nuestro proyecto común y varios años de trabajo concienzudo. Brindamos por los ausentes ya pasado el mediodía y recordamos, reímos, lloramos.

Por teléfono se nos unen Eva y el otro Juan.

Hace un buen día.

Iván

Noria

Empecé a vomitar sangre el primer día que me callé. Yo era ya un hombre hecho y derecho y mis hijos habían hecho su vida, como debe ser. A mi mujer, que había perdido el trabajo, la llamaron dos días antes de ser expulsada un viejo grupo de conocidos; personas de otro tiempo que deseaban reunirse después de décadas de absoluta desaparición del mapa con idea de recordar y celebrar el reencuentro.

Estuvimos preparando todo para no faltar al evento y, en cierto modo, nos divertía saber cómo había sido la vida. La invitación fue tan cariñosa que no lo dudamos.

A lo largo de los años sólo habíamos conservado el contacto con Iván, el viejo amigo. Por suerte no nos había dado tiempo de comentarle la noticia de última hora, gracias a la que nos alejábamos de la inminente penuria económica que nos andaba rondando.

Cuando llegamos al local no pudimos evitar romper a carcajadas al comprobar cómo algunos nos daban esquinazo mientras otros ponían a buen recaudo la cartera.

Hugo y Warsar

Debes estar contento, Hugo. Retomar la montaña, con lo que me parece que a ti te supone, debe significar mucho. Las fotos me parecen de un reportaje y dan un poco de yuyu. No me extraña lo que dices de tus más y tus menos. Qué experiencia, ¿no? Las vistas desde el dormitorio parecen de ficción. Habrás vuelto mejor que un tibetano del Tibet.

Yo creo que a mí me habría encantado hacer una escalada así en tiempos de piernas más lozanas. Me imagino el silencio tan estupendo, el olor… no sé, a lo mejor le pongo una literatura propia de quien nunca lo ha hecho. Ya sabes, las cosas de la imaginación.

Lo del tembleque de las piernas lo entiendo estupendamente, oye, y lo asocio por otras razones a mi propio tembleque; yo también he recuperado un antiguo “vicio” que tenía abandonado: montar en bici. Este año por fin he podido dejar un poco la estática de casa y coger con más soltura de rodilla la de verdad: la de pedalear por la calle. Hemos salido todo el verano por la ciudad -por el centro casi vacío-, y me ha sentado bien aunque con muchas agujetas al principio y al final. Hasta ayer, que llovía, hemos ido por los carriles nuevos bordeando la ría. Nos ha encantado cómo se está recuperando todo. Creo que ya hoy vuelvo a la estática, pero es necesaria la lluvia.

Esos días te he tenido en la memoria residente; ya sabes, ría, pájaros, olor a playa como cuando en La Isla… los olores y los recuerdos casan de maravilla y hemos pillado algún atardecer precioso mientras leíamos las vitrinas con explicaciones de las especies, de la botánica, del renacimiento de una zona devastada del mundo que está saliendo a la luz con toda su belleza; como si emergieran de repente La Atlántida y Hugo haciendo de brújula en mi cabeza. Esto, quizá, porque hace poco le he regalado mi brújula a Colás, el sobrino de Luci, con mucho cariño.

Te dejo -que estoy escritora y escribo mucho-, pa’no aburrirte. Me alegra que hayas vuelto a la montaña, una señora que me seduce sin haberla conocido así tan adentro como tú.