La duda

Estoy varada en esta costa de tu ausencia

agotada por el largo pasaje

y sin saber -ahora lo dudo-

si mereció la pena viajar noche y día

para llegar a dónde.

Ahora que ni siquiera distingo

sed de realidad

me inclino sobre ti en sueños

con los ojos vacíos

y te pregunto

si no vendrás para quedarte

con cualquier pretexto.

Swing

Tal vez no fuera necesario

que en mitad de una noche

te asomaras a este abismo

de mis ojos,

o que yo (dejando a un lado esta especie de nerviosismo

histérico y pueril) indagara

sobre el vuelo de tus manos.

Después… nada condenatorio…

un beso, una mueca, una caricia.

Y, a lo sumo, perderse en el viaje insalvable,

apenas cronológico

de mirar y mirarte en el rellano;

en la puerta

lejos.

Otra vez reunidas.

Cuestión de amor

La idea era salir con el sol, antes de que cualquiera pudiera ver que se marchaba. Cogió una muda y el poco dinero que le quedaba. Era martes y hacía frío.

Al bajar los peldaños de la entrada se cruzó con el hombre del tercer piso. El sibarita, que era como lo habían llamado Irene y ella durante los años de convivencia en el apartamento, llevaba restos de grasa en las mangas de la cazadora y la cara encogida por la helada.

¡Buenos días! -dijo- sin mirarla a la cara más de un segundo. No parecía que se hubiera fijado en la pequeña maleta.

A la vuelta de la esquina vió cómo el autobús se le escapaba y se sentó en el apeadero. Pronto estaría en el bosque.

A Irene la dieron por perdida hacía dos años y hacía más de uno que ella no había vuelto a pasar por la cabaña. La habían comprado a un viejo amigo casi al inicio de su relación. Un buen lugar para estar solas -decía Irene- un espacio donde respirar y olvidarse de todo.

Mientras esperaba junto a la máquina de café no pudo evitar una sonrisa; a pesar de la grasa de las mangas el sibarita seguía llevando los zapatos mejor lustrados del mundo…

Un cuarto de hora más tarde subía al autobús ya con el sol bien despuntado. Estaba contenta. En el bosque viviré con tu ausencia, Irene.