Cortocircuito

El atardecer y un súbito apagón eléctrico en la casa; juegos de mesa desparramados -varios y extravagantes-, la música se ha ido con las últimas notas de Una noche de amor desesperada.

Carmen, bajo la luciérnaga encendida en forma de vela, intenta una aproximación al lenguaje de andar por casa con el pretexto de aclarar, a los ojos de mi madre, una cuestión de derecho que nos atañe a todos.

Ahí afuera el trasiego nocturno con voces de feria; el pueblo se festeja con todas sus luces.

Hasta nosotros llega otra oscuridad que con tintes decimonónicos llama a la puerta.

¿Por qué tanta amargura? No sabemos cómo ayudarla porque miente su pena, oculta la verdad y en los brazos, su niño.

No es posible tanto abandono, incomunicación… que entre personas que se quieren encuentre la crueldad un nido.

Intentamos distraer su dolor, pero no es posible. Las palabras no llegan a quien no se pronuncia y, el gesto, tan confundido de todos nosotros inventa un nuevo lenguaje para decir lo que no se expresa.

Solución definitiva

Cuando siento que el dolor no se aplaca, dibujo un canasto y lo aplasto para que no quepa nada; para no atesorar, para olvidar cualquier significado, para dormir, para perderme en un desierto de palabras que desconozco: a la deriva.