Iván

Noria

Empecé a vomitar sangre el primer día que me callé. Yo era ya un hombre hecho y derecho y mis hijos habían hecho su vida, como debe ser. A mi mujer, que había perdido el trabajo, la llamaron dos días antes de ser expulsada un viejo grupo de conocidos; personas de otro tiempo que deseaban reunirse después de décadas de absoluta desaparición del mapa con idea de recordar y celebrar el reencuentro.

Estuvimos preparando todo para no faltar al evento y, en cierto modo, nos divertía saber cómo había sido la vida. La invitación fue tan cariñosa que no lo dudamos.

A lo largo de los años sólo habíamos conservado el contacto con Iván, el viejo amigo. Por suerte no nos había dado tiempo de comentarle la noticia de última hora, gracias a la que nos alejábamos de la inminente penuria económica que nos andaba rondando.

Cuando llegamos al local no pudimos evitar romper a carcajadas al comprobar cómo algunos nos daban esquinazo mientras otros ponían a buen recaudo la cartera.