Hugo y Warsar

Debes estar contento, Hugo. Retomar la montaña, con lo que me parece que a ti te supone, debe significar mucho. Las fotos me parecen de un reportaje y dan un poco de yuyu. No me extraña lo que dices de tus más y tus menos. Qué experiencia, ¿no? Las vistas desde el dormitorio parecen de ficción. Habrás vuelto mejor que un tibetano del Tibet.

Yo creo que a mí me habría encantado hacer una escalada así en tiempos de piernas más lozanas. Me imagino el silencio tan estupendo, el olor… no sé, a lo mejor le pongo una literatura propia de quien nunca lo ha hecho. Ya sabes, las cosas de la imaginación.

Lo del tembleque de las piernas lo entiendo estupendamente, oye, y lo asocio por otras razones a mi propio tembleque; yo también he recuperado un antiguo “vicio” que tenía abandonado: montar en bici. Este año por fin he podido dejar un poco la estática de casa y coger con más soltura de rodilla la de verdad: la de pedalear por la calle. Hemos salido todo el verano por la ciudad -por el centro casi vacío-, y me ha sentado bien aunque con muchas agujetas al principio y al final. Hasta ayer, que llovía, hemos ido por los carriles nuevos bordeando la ría. Nos ha encantado cómo se está recuperando todo. Creo que ya hoy vuelvo a la estática, pero es necesaria la lluvia.

Esos días te he tenido en la memoria residente; ya sabes, ría, pájaros, olor a playa como cuando en La Isla… los olores y los recuerdos casan de maravilla y hemos pillado algún atardecer precioso mientras leíamos las vitrinas con explicaciones de las especies, de la botánica, del renacimiento de una zona devastada del mundo que está saliendo a la luz con toda su belleza; como si emergieran de repente La Atlántida y Hugo haciendo de brújula en mi cabeza. Esto, quizá, porque hace poco le he regalado mi brújula a Colás, el sobrino de Luci, con mucho cariño.

Te dejo -que estoy escritora y escribo mucho-, pa’no aburrirte. Me alegra que hayas vuelto a la montaña, una señora que me seduce sin haberla conocido así tan adentro como tú.