Sentada con mi sombra

Qué difícil resulta,

qué trabajo me cuesta así dejarte

como al aire de lo que no buscas

sino a retazos de vacío.

 

Concederte el tiempo del que no dispongo,

hacer de mis ideas burdel para tu pecho,

no me deja sino auroras de una nueva nostalgia.

 

Sentada con mi sombra,

las manos sobre el rostro,

una taza de sueño pediría.

Tropo

Yo no quiero ni mirarte

ahí clavada,

en el centro,

desde hace tanto tiempo

y viéndonos venir.

Cambiando de ropaje,

de inquilinos,

vistiéndote de historias

ceñidas en el pecho.

¿Qué no habrán visto tus rampas

subiendo al campanario

que tu voz no murmure

-toda veleta-

a los cuatro vientos?

Quimera de Notre Dame

Inmóvil, la luz de frente mostrándome la sombra.
Al norte, al sur,
cambiante con las horas
mi sombra palidece.
Gárgolas y arbotantes,
puntos de apoyo y guardianes prisioneros
por los que el agua fluye y el sol
se pierde.
Estaciones
¿cuatro?
Quizá.
Tanto y tanto alrededor, que no veis,
y sólo puedo pensar,
contentarme con el crepúsculo,
despertar,
que tocan a maitines.
En mi sueño desplazo esta mano
que soporta mi rostro.
He aquí mi fealdad estática,
la que en verdad os espanta a todos,
he aquí la belleza móvil de mi quimera,
la que me eleva por encima de vosotros.