La rueda

Cuando me preguntaron si podían grabar mi imagen durante la entrevista de trabajo me chirriaron los dientes, pero me educaron bien y pude mantener la compostura. Lo que me extrañó fue ver frente a mí doce pares de ojos para un sencillo trabajo como auxiliar externo en una obra para la Diputación. Por más que lo intento no puedo olvidar la cara de cada uno de ellos, tampoco el cinismo.

Confidencias (para esos acosadores desde la infancia)

A Julio le ha salido un amigo comentarista a sus espaldas, pero no se siente herido ni abandonado. Me ha servido un té frío con limón mientras me explicaba la escena de la evidencia en aquel bar abarrotado minutos antes de la proyección. Ríe y se abandona a su alegría pintada de entusiasmo.

No hay mal que por bien no venga, dice, con la mirada serena. En quince días ha recuperado la tierra bajo los pies y remueve el café con una cucharilla regalo de Lucas, que por fin ha dado señales después de años.

La vida es como un golpe de mar que trae cosas y se las lleva violentamente. La estrella le sonríe.

Viaje español

Ulises Camionero fue niño un día y se le descarnaron los muslos por los tejados en busca de un poco de plomo que vender en el mercado del hambre. Había sido también intrépido ingeniero de radios de galena y rastreó el horizonte sin zapatos, como improvisado domador de la onda pirenaica, tanteando la distancia entre cerros y ribera en una Camas abisal allá por el treinta y tantos.

Entonces los grandes almacenes no existían y las primaveras se promocionaban solas. No había nada que vender, tampoco disentir era posible.

Como las plantas que reciben poca luz, Ulises se acostumbró a mirar por encima de las circunstancias para no padecer la ceguera propia de quienes se habitúan a los espacios pequeños y cerrados independientemente de las hectáreas. El viaje, pensó, consiste en mejorar y –como quien busca la fortuna- buscó el conocimiento a través de los libros y el diálogo mientras trabajaba a destajo para sobrevivir con los suyos.

Más tarde descubrió que el trabajo en determinadas condiciones no ennoblece a nadie, ya que en ese caso la pirámide social tendría el aspecto de un trompo, de modo que se asoció con otros cuando la reunión de tres individuos se consideraba una manifestación violenta sin necesidad de pancartas.

Ha pasado el tiempo (la vida vuela más que corre) y esta primavera, Ulises, como otros tantos que a pesar de sus propias circunstancias lucharon por esta democracia, tan sólo se pregunta si ahora que es el momento se avanzará un poco más, si desde el Parlamento el pluralismo se hará dueño de la vida diaria para expresarse en libertad, mostrando matices. Quiere ver para creerlo, porque después de todo sigue sabiendo una misma cosa: el viaje consiste en mejorar.

Cuestión de amor

La idea era salir con el sol, antes de que cualquiera pudiera ver que se marchaba. Cogió una muda y el poco dinero que le quedaba. Era martes y hacía frío.

Al bajar los peldaños de la entrada se cruzó con el hombre del tercer piso. El sibarita, que era como lo habían llamado Irene y ella durante los años de convivencia en el apartamento, llevaba restos de grasa en las mangas de la cazadora y la cara encogida por la helada.

¡Buenos días! -dijo- sin mirarla a la cara más de un segundo. No parecía que se hubiera fijado en la pequeña maleta.

A la vuelta de la esquina vió cómo el autobús se le escapaba y se sentó en el apeadero. Pronto estaría en el bosque.

A Irene la dieron por perdida hacía dos años y hacía más de uno que ella no había vuelto a pasar por la cabaña. La habían comprado a un viejo amigo casi al inicio de su relación. Un buen lugar para estar solas -decía Irene- un espacio donde respirar y olvidarse de todo.

Mientras esperaba junto a la máquina de café no pudo evitar una sonrisa; a pesar de la grasa de las mangas el sibarita seguía llevando los zapatos mejor lustrados del mundo…

Un cuarto de hora más tarde subía al autobús ya con el sol bien despuntado. Estaba contenta. En el bosque viviré con tu ausencia, Irene.

Metamorfosis (Homenaje a un viejo amigo)

En los agujeros habitan manos que dan palmaditas en el hombro y espaldas gigantescas buscando tu retina. Hay también ausencias repentinas y lenguas anónimas de rostros conocidos que, al calor de lo cóncavo, soplan sus historias a la rueda de ese azar que comprendes no existe.

¿Cómo lo ves?

Tal y como yo lo veo, Tucre, vuelves a hacer lo mismo que hace algunos años y aunque hay quien dice que las personas no cambian, yo siempre preferí  dejar ese margen esperanzador que nos permite toda la flexibilidad. Ahora me rindo, sin embargo, ante la locuaz evidencia, pero ya no sufro… porque de verdad que no es asunto mío.
¿Te has fijado en cómo se repite todo, en lo parecidas que son a menudo las situaciones, las cosas? A mí me maravilla este patrón siempre presente, también me relaja; lo fijo permite poca evolución y la vida, como la lengua, es un animal cambiante.
Reconocerlo, asimilarlo y aceptarlo me ha servido tanto como estudiar perspectiva y dibujo.

Y tú… ¿cómo lo ves?

La mirada de Joaquín

Múltiples cabezas sin rostro almacenaban la información inexacta. El primero en la fila, sin una imagen cabal como referencia, dictaba al viento una sucesión de espaldarazos en caída libre que nosotros combatimos -desde el principio- ignorándolos.

Éxito

A fuerza de no buscar me he encontrado

con lo que no esperaba

y por la calle me cruzo con individuos perdidos,

vendedores de mapas poseídos

por sus ritos.

Festejan, mientras corren, la pompa de un día.

De vuelta a casa la violeta en flor

me hace un guiño desde su pequeño jardín.

Hipervínculo

A Jim le sobra la caja que ha transportado durante años de un lado a otro del mundo, continente tras continente, sumándose al ritmo e incluso inventándolo. Juan ya no se pregunta por la poderosa presencia de Marta. Pepe se fue y queda Ismael, tranquilo como siempre, pegado al teclado que compartieron ambos bolo tras bolo. Yo estoy aquí, con Serena, reordenando notas de un tiempo e ilusionadas con nuestro proyecto común y varios años de trabajo concienzudo. Brindamos por los ausentes ya pasado el mediodía y recordamos, reímos, lloramos.

Por teléfono se nos unen Eva y el otro Juan.

Hace un buen día.

Viaje

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El viaje había que hacerlo a solas y el barco era una auténtica cáscara de nuez. A solas y con un faro fijo en mente al final de una sucesión de pleamares, bajamares, corrientes y algún que otro maremoto de lo más criminal. Sorteando islas o buscándolas con avidez; deteniéndose en la linde de una ola, abiertos los sentidos a cualquier indicio, gesto, ausencia.

Internándose.

Solución definitiva

Cuando siento que el dolor no se aplaca, dibujo un canasto y lo aplasto para que no quepa nada; para no atesorar, para olvidar cualquier significado, para dormir, para perderme en un desierto de palabras que desconozco: a la deriva.

Iván

Noria

Empecé a vomitar sangre el primer día que me callé. Yo era ya un hombre hecho y derecho y mis hijos habían hecho su vida, como debe ser. A mi mujer, que había perdido el trabajo, la llamaron dos días antes de ser expulsada un viejo grupo de conocidos; personas de otro tiempo que deseaban reunirse después de décadas de absoluta desaparición del mapa con idea de recordar y celebrar el reencuentro.

Estuvimos preparando todo para no faltar al evento y, en cierto modo, nos divertía saber cómo había sido la vida. La invitación fue tan cariñosa que no lo dudamos.

A lo largo de los años sólo habíamos conservado el contacto con Iván, el viejo amigo. Por suerte no nos había dado tiempo de comentarle la noticia de última hora, gracias a la que nos alejábamos de la inminente penuria económica que nos andaba rondando.

Cuando llegamos al local no pudimos evitar romper a carcajadas al comprobar cómo algunos nos daban esquinazo mientras otros ponían a buen recaudo la cartera.

Ensalada

La sombra se había proyectado un rato más sobre el largo muro. Ahora la ventana se cerraba y un hilo de luz dejaba pasar las figuras como en una sucesión de chinescas alargadas…