Tempus fugit

Había cumplido ya los sesenta

sintió por segunda vez la orfandad.

Le dejaron dos millones

era cuanto tenían.

Se lo dieron todo.

Pidió al banco un millón hipotecando la casa

y con los tres construyó una plaza de garaje.

La vendió por cinco.

Hoy vive en un nicho soleado

con vistas a los chopos.

Rodeada de los suyos.

… Así es el tiempo,

cadencia de una nube.

Quimera de Notre Dame

Inmóvil, la luz de frente mostrándome la sombra.
Al norte, al sur,
cambiante con las horas
mi sombra palidece.
Gárgolas y arbotantes,
puntos de apoyo y guardianes prisioneros
por los que el agua fluye y el sol
se pierde.
Estaciones
¿cuatro?
Quizá.
Tanto y tanto alrededor, que no veis,
y sólo puedo pensar,
contentarme con el crepúsculo,
despertar,
que tocan a maitines.
En mi sueño desplazo esta mano
que soporta mi rostro.
He aquí mi fealdad estática,
la que en verdad os espanta a todos,
he aquí la belleza móvil de mi quimera,
la que me eleva por encima de vosotros.

Hipervínculo

A Jim le sobra la caja que ha transportado durante años de un lado a otro del mundo, continente tras continente, sumándose al ritmo e incluso inventándolo. Juan ya no se pregunta por la poderosa presencia de Marta. Pepe se fue y queda Ismael, tranquilo como siempre, pegado al teclado que compartieron ambos bolo tras bolo. Yo estoy aquí, con Serena, reordenando notas de un tiempo e ilusionadas con nuestro proyecto común y varios años de trabajo concienzudo. Brindamos por los ausentes ya pasado el mediodía y recordamos, reímos, lloramos.

Por teléfono se nos unen Eva y el otro Juan.

Hace un buen día.